Cuantas veces tenemos que decirnos a nosotros mismos que nunca debemos parar, que al parar nos quedamos álmicamente ciegos y dejamos realmente de ser felices. Al parar me refiero al parar de crecer, experimentar, descubrir y dejarnos llevar por nuestros instintos. Esos instintos que a veces son tan vagos como una pequeña molestia de hacer algo y otras veces tu cuerpo entero te remece y te da señales claras de cual es el camino a tomar. Eso hice este verano, escuche lo que mas pude mis instintos y comencé a correr en mi mente. Paso seguido: en mis acciones, y lo que obtuve de vuelta fue todo lo que soñé y mas. Este ultimo paso es esencial y la determinación de que es lo correcto en hacer te permite pasar de lo abstracto a lo real. Los seres humanos siempre nos albergamos en lo abstracto, pareciera el lugar mas confortable para estar. No hay muchos riesgos y funciona como válvula de escape hasta cierto punto. Pero no va a pasar mucho tiempo mas hasta que volvamos a nuestra mediocridad y volvamos a parar de correr.
Bajamos la velocidad a veces por falta de coraje, y otras veces por que nos asusta esta comparación de lo que parece correcto en nuestras mentes con la realidad que nos parece una locura.
Varias personas me han dicho que estoy loca y la verdad que es una de las cosas mas lindas que me pueden decir. Para mi la locura, como ya lo he comentado en este blog, conlleva genialidad y en la cuadra que sigue felicidad y realización.
No quiero dejar de estar loca, no quiero dejar de correr, no quiero. El solo pensar en la posibilidad de parar me pone triste, esa tristeza de como cuando perdiste un ser muy querido. En este caso ese ser querido soy yo y no quiero que vuelva a pasar. No quiero volver a ser ese planeta en implosion que alguna vez me convertí años atrás.
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